Blade Runner, el futuro que llegó.
La última vez que alguien me contó una película
completita fue una noche del año 1984. Fue mi pata Edi
Bolaños; estábamos en la entrada de mi casa en Jesús María, sentados
en dos muros altos. Allí nos quedábamos conversando por horas ciertas noches luego de regresar de nuestras incursiones en el barrio de Lince, donde teníamos buenos amigos y amigas. Esta vez no hablamos de la chica que nos gustaba o de la próxima fiesta por venir,
descartando los quinceañeros claro, ya no estábamos para eso. Edi
me contó la última peli que lo había impactado en el cine: Blade
Runner. Recuerdo perfectamente cuando me describió la escena en la
que Deckard, el detective del futuro que interpreta Harrison Ford,
arma en mano y muy cauteloso, aguarda el momento preciso para
sorprender al líder de los replicantes, el fornido y ario Roy Batty, interpretado por Rutger Hauer. El detective se escuda tras una pared con chorros de
agua que se filtran por el techo del vetusto edificio. Escucha al
replicante que recitaba amenazas con sorna desde lejos. El eco del
abandonado y lúgubre recinto empieza a sembrar el miedo en el vil
humano. La voz se acerca y, de pronto, se calla. Solo suena
el golpeteo de la lluvia en los techos de la metrópolis de neón.
Deckard pega su espalda a la pared y estira el brazo con el arma
apuntando hacia uno de los posibles ingresos del androide. Voltea a
la derecha y a la izquierda. Casi se adhiere a esta pared, abre más
los ojos, la oscuridad no es buena aliada en una situación así.
Entonces un puño atraviesa la pared desde el otro lado, como si esta
fuera de papel. El sorprendido termina siendo él. Y Roy Batty, el colosal humanoide, toma el brazo del detective y lo jala a través del
hueco. El rostro de niño asustado de Ford es conmovedor. Ignora qué pasará con su brazo al otro lado de esa pared que lo cobijaba. El replicante, saciando su sed de venganza
por sus partners antes eliminados, le rompe tres dedos al detective como si deshojara margaritas.
